Una estaca pasó rozándome la oreja, como acto reflejo me giré, Theodore volvía a la carga. Cogí una barra de metal de la estructura del coche y la atranque en el portalón evitando así que aquello fuese más lejos.
- ¿Sabes? estás loco, te damos la oportunidad de irte y no te marchas -en aquellos instantes pude percibir una luz brillante en sus ojos y sed de sangre en sus pupilas, me aterroricé- si llamo a la hermandad del refugio posiblemente tu no salgas vivo de esta. Theo, fuímos amigos, ¿recuerdas? Antes de que te metieses en esa…-reprimí palabras de ofensa para no empeorar la situación- bueno, ya sabes, en esa secta. Parate ahora que aun estás a tiempo.
- Ella -se limitó a pronunciar.
- No es tuya. Es de la hermandad. - Necesito el poder, ¿¡porque cojones no lo entiendes Arthemis!? No pretendo haceros mal ni mucho menos -estalló- pero lo necesito, si no me cortarán el pescuezo, Leonore murió el septimo día de Octubre por el mismo motivo, Zajá la mató. ¡Necesito llevarmela! Mientras ella viva mi comunidad corre peligro, debe morir, y si debo enviarte a ti primero al infierno antes para poder conseguirla… joder Atho, ¡JODER! Por una maldita vez olvidaré que fuiste como mi hermano y lo haré.
- Empieza pues, jamás temí la muerte -vacilé- tan solo la falsedad. Y tu, en mi vida, ya me has demostrazo tanta que he perdido todo temor de mi existencia.
Theodore no tardo demasiado en tomar mis palabras al pie de la letra, flexionó las piernas y salto hacia mí, todo ello en milésimas de segundo, envolvió mi cuello con su par de manos heladas y níveas e intentó dejarme insconciente en el golpe que me provocó al caer contra el suelo de piedra. Mire hacia mi costado y ví como había hundido la mano en él y la sangre chorreaba a borbotones de mis costillas. Era una sensación extraña, indolora y extraña. Sentía como el líquido me ardía en la piel mientras bajaba y encharcaba la superfície de piedra; de golpe, las manos que ahora mantenían las mías juntas por las muñecas de forma que fuesen inutilizables cesaron de hacer fuerza y no tardé en percebir como los ojos de mi compañero de batallas se tornaban rojos al observar con atención la herida. Sed de sangre -pensé, acertando en lo que anteriormente había pasado por mi mente, y de poco o nada me equivocaba. Tenía un tiempo menor a segundos para deshacerme del aturdimiento que me recorría de pies a cabeza y apartar a Theodore antes de que volviera a inmobilizarme y introduciese los colmillos de forma casi insconciente en mi piel, sediento, y en ello se llevase la saciadez pero también mi muerte.
Mi cueva es la literatura. ¿Sabes? Es muy cálida, no suficientemente iluminada quizás, pero mis pupilas acaban acostumbrándose a la poca luz. Es mi mundo también, un objetivo de vida, es mi mujer. Ella es cariñosa y excentrica, divertida en ocasiones, en muchas otras le envuelve la depresión y crea la mayor prosa de tristeza, la quiero, ¿me quiere? Jamás lo sabré, la inspiración me la anda dando cuando le viene en gana y el día que no me la entrega poco le importa que yo quede desolada. Es egoísta y me requiere tiempo, por escribirle versos me pide que deje a mis amigos, los estudios no son nada para ella si yo utilizo mi tiempo libre para escribirle un par de lineas. La conocí una tarde de invierno, hacía frío, ya hace unos diez años atrás, aun así la práctica no ha servido para la mejora y en ocasiones tenemos pequeñas discusiones que desencadenan en la ausencia de escribir. Ella estaba sentada en un taburete, en medio del bulevar, tomando Martini rosa, estaba ebria y la besé.Profundo amor el de la literatura.
Tu canción se ha vuelto pálida, escuálida como tus huesos, piensas solo en esos versos obsesos, ya te dije, amor, “jamás tires esos besos” y ahora vuelan alto, alto los recuerdos.
Tube el placer de encontrarme a Lucifer en mi vuelta al paraíso, me paró en mi situación y me brindó un gran aviso, “ey, ese corazón, lo veo indeciso, hacemos un trueque: me lo das y te digo lo preciso”. Ajá, acepté, ¿que mas pude perder? Nada mas amor, ya lo puedes ver. Careciendo de corazón y con la alma rota me hicieron buscar en barco la cota del mundo, tortuoso y profundo, a través de tus mares, recordando tantos males que sufrimos, borrando aquello que dijimos casi sin pena, la tristeza me es amena, ahora que no siento nada y ya no soy lo que era: una absurda enamorada. Fría y sin compensación de la ilusión de un recuerdo, mi corazón lejos de mi se tornó negro y ajeno, el veneno me heló la más puta sangre de mis venas, dióxido de carbono multiplicado clonó mis ganas de venganza, donde andó la esperanza que hoy en día falta, aquel pajarito gris que a día de hoy ya no me canta…
Intentaba guardar la calma mientras dibujaba con la ayuda de sus dedos en la superficie empañada del cristal. El agua caía a presión contra su medula más caliente que de costumbre, figurando así un pequeño auto-castigo, una agresión más para la lista. Era casi imposible creer que en tanto poco tiempo hubiese perdido tantas cualidades, tantos méritos que se había ganado a base de esfuerzo y sudor, pero realmente todo desvanecía y, a la par que sus lágrimas, sueños e ilusiones se disolvían entre el agua de la ducha.
- El sábado entraron a la fortaleza, no te dijimos nada porque supimos que culparías a Cassy -Atho me miró con expectación mientras yo seguía hablando- siendo ella la que menos culpa tiene. La dejemos librar de su guardia, repetía incansablemente que estaba agotada y... bueno, la puerta quedó libre.
- ¿¡Que hicisteis qué!? -explotó, al borde de un ataque de nervios- la puerta jamás debe quedar libre, JA-MÁS. Les habéis dado vía libre! Methiss, los neófitos y los chamanes llevamos en conflicto desde que tengo consciencia y razón, y tu, vosotros, en un despiste les presentáis la carne echa y en plato. Fíjate en el castillo -dijo, mientras señalaba la fortaleza para que dirigiese mi vista hacia ella- arde, quema... Nadie del aquelarre había conseguido esto.
Observé con cierta culpa la escena. Filas incontables de hombres con túnicas negras dócilmente decoradas con motivos violeta avanzaban sin pausa por el puente y entraban por un portalón de hierro ahora casi inexistente a causa de las magulladuras y deformaciones que le habían causado al forzarla. Habíamos caído en su trampa, la gente del aquelarre aprovechó que Atho se había marchado al centro de Europa en busca de Zabeth ,su hermana, para hacernos creer que ellos también se marchaban y que, por lo tanto, quedaba en esta guerra de Oceanía la victoria para nosotros.
Las paredes ardían con ansias, desde la estructura de madera hasta los ladrillos, uno a uno, que iban cayendo al suelo mientras se transformaban en piedras negras, cenizas de lo que habían sido en un pasado. Me aferré al cuerpo de Arthemis y le besé la nuca, él se estremeció ante el contacto de mis labios cálidos y yo recordé una vez más lo fría que podía llegar a ser su piel. Nada iba bien allá fuera, pero así, abrazada al ángel caído más bello y en mi propio mundo todo iba perfectamente, todo era ideal.