Be Of Blood I

divendres, 6 de febrer del 2009

Una estaca pasó rozándome la oreja, como acto reflejo me giré, Theodore volvía a la carga. Cogí una barra de metal de la estructura del coche y la atranque en el portalón evitando así que aquello fuese más lejos.

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¿Sabes? estás loco, te damos la oportunidad de irte y no te marchas -en aquellos instantes pude percibir una luz brillante en sus ojos y sed de sangre en sus pupilas, me aterroricé- si llamo a la hermandad del refugio posiblemente tu no salgas vivo de esta. Theo, fuímos amigos, ¿recuerdas? Antes de que te metieses en esa…-reprimí palabras de ofensa para no empeorar la situación- bueno, ya sabes, en esa secta. Parate ahora que aun estás a tiempo.

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Ella -se limitó a pronunciar.

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No es tuya. Es de la hermandad.


- Necesito el poder, ¿¡porque cojones no lo entiendes Arthemis!? No pretendo haceros mal ni mucho menos -estalló- pero lo necesito, si no me cortarán el pescuezo, Leonore murió el septimo día de Octubre por el mismo motivo, Zajá la mató. ¡Necesito llevarmela! Mientras ella viva mi comunidad corre peligro, debe morir, y si debo enviarte a ti primero al infierno antes para poder conseguirla… joder Atho, ¡JODER! Por una maldita vez olvidaré que fuiste como mi hermano y lo haré.

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Empieza pues, jamás temí la muerte -vacilé- tan solo la falsedad. Y tu, en mi vida, ya me has demostrazo tanta que he perdido todo temor de mi existencia.

Theodore no tardo demasiado en tomar mis palabras al pie de la letra, flexionó las piernas y salto hacia mí, todo ello en milésimas de segundo, envolvió mi cuello con su par de manos heladas y níveas e intentó dejarme insconciente en el golpe que me provocó al caer contra el suelo de piedra. Mire hacia mi costado y ví como había hundido la mano en él y la sangre chorreaba a borbotones de mis costillas. Era una sensación extraña, indolora y extraña. Sentía como el líquido me ardía en la piel mientras bajaba y encharcaba la superfície de piedra; de golpe, las manos que ahora mantenían las mías juntas por las muñecas de forma que fuesen inutilizables cesaron de hacer fuerza y no tardé en percebir como los ojos de mi compañero de batallas se tornaban rojos al observar con atención la herida.
Sed de sangre -pensé, acertando en lo que anteriormente había pasado por mi mente, y de poco o nada me equivocaba. Tenía un tiempo menor a segundos para deshacerme del aturdimiento que me recorría de pies a cabeza y apartar a Theodore antes de que volviera a inmobilizarme y introduciese los colmillos de forma casi insconciente en mi piel, sediento, y en ello se llevase la saciadez pero también mi muerte.